Ramón Gaya, tan sólo pintura

Textos : Lola Soto Vicario

“Ante los sentimientos, ante la realidad, lo único que hay que tener es oído, un oído fino, profundo, que oiga lo profundo; es escuchar nada más.” 

 

                                                                                                                                          Ramón Gaya*



 

Comentarios y anotaciones a partir de la exposición "Ramón Gaya, el pintor de las ciudades”, (IVAM. Valencia, 2000). 

El merendero por la mañana. Gouache. 1949.


Una vista del lago y el merendero de Chapultepec. Qué airosas y sensibles las pinceladas que sorprenden un fragmento vegetal o el ornamento de las sillas. Cuánta vivacidad, frescura y variedad en la expresión del gouache, luminosa, limpia, esquemática, con un equilibrio armonioso entre lo pintado y los espacios vacíos. Un acento oscuro organiza visualmente la composición; sin él, ese orden no sería el mismo. Evidentes reminiscencias de la pintura china a pincel, un conocimiento profundo de todas las posibilidades de la pintura con agua y color.

Atardecer en el foro. Gouache. 1952.


El signo espontáneo, abierto, instintivo, vivísimo, sugiere aquello que podría estar pintado con un detalle innecesario. Casi todo aparece sin evidenciarse, en un mismo tono, ruinas  y naturaleza son la misma sustancia, y cada cosa tiene su lugar en la imagen y su razón de ser. El pincel ha ido designando con agilidad esta o aquella particularidad, con gracia y acierto muy orientales, en seco o en húmedo, con trazos audaces, transparencias, manchas más densas, grafismos, todo ello en sutil combinación.

Desde Montmartre. Pastel. 1953.

La lejanía de Paris, que podría haber tenido un gran peso visual en la imagen, aparece levemente insinuada con suaves trazos de pastel sobre un fondo vacío que sólo es aire gris-azulado. Gaya ha preferido destacar unos cuantos elementos cercanos, aislados, que le parecían más evocativos, con un dibujo grácil, muy ligero, muy sin nada, apenas unas breves líneas y algún acento de pastel más oscuro. Ha dibujado la altura, dejando unos cuantos detalles de la ciudad por debajo de su mirada. Desde Montmartre, sólo percibimos un amplio espacio abierto que se eleva, construido todo a partir de una delicada mancha de pastel.

Pintores en el Sena. Lápiz. 1953.

La maraña de líneas genera la ambientación cambiante, crea áreas de sombra y la luz es simplemente el espacio vacío del papel. En la luz, el lápiz sugiere lo ligero del aire y la lejanía con muy rápidos y expresivos signos gráficos. Nada, ninguna forma está sujeta o encerrada; así, el ambiente resulta muy vivo, muy fluido, y lo fugaz, que es el momento de estar pintando, viene expresado con trazos que sintetizan la idea de inmediatez, de premura y del movimiento de la luz al borde del agua. 

La Piazzetta. Óleo. 1953.

Venecia al fondo se hace transparente y acuosa, difusa, casi emborronada. Apenas unas manchas son suficientes para revelarla, de tan lejana. Cualquier contorno se ha perdido deliberadamente para resaltar, tan sólo, el elemento menos permanente y más dinámico en primer plano: las formas de las gentes como signos abstractos de una caligrafía en continuo movimiento y en la sombra. La expresión del pincel, versátil, variadísima, cercana a lo caligráfico, elige únicamente lo necesario, muy escuetamente, dice lo justo y lo dice casi en silencio y a media luz.

 La Piazzeta (San Marcos y el Ducale). Acuarela. 1953. 

Las cúpulas, el aire, el ambiente, todo es como de cristal, de tan frágil. La sutil aguada, muy pocos y escogidos elementos, muy transparentes, como flotando, ligeros, tenues, las arquitecturas como desvaneciéndose. Una mancha se fusiona con otra mancha, el azul se diluye en el gris, el gris perla en el blanco. Y es en este fondo como de ensueño donde se posan unos acordes breves, finos, oscuros, como corcheas siguiendo una línea melódica, se entrelazan estos ritmos del pincel unos con otros, y su movimiento simula así la vida que discurre por la Piazzetta ante tan delicado decorado. 

 Palazzo Ducale. Óleo. 1953. 

La noche es aquí una transparencia lograda con pincel ancho, pintada de una sola vez, acertada de luz y de misterio, con un rápido movimiento de la mano. La noche del Palazzo es la vida palpitante de cada breve línea, mancha o gesto del pincel. Es la sustancia misma de la pintura, a veces densa, otras diluida, borrosa, sonora, opaca, áspera, siempre musical. El sonido del color, contenido, sometido al capricho y a la inventiva de la expresión del dibujo más libre. Pincel en punta, pincel ancho, apariencia de aguada a tinta, de tan ligera la manera de hacer con el óleo. 

Paris. Otoño. Pastel. 1956.

Vista de pájaro, ojo de pájaro. Visión elevada de un otoño esquemático, escueto y apenas con color. Gaya ha mirado al Sena desde una altura y ha escogido pintar este aire transparente que lo envuelve, las barcas quietas, los paseante anónimos a un lado, con trazo fino, sintético, y desdibujando casi todo, sobre una mancha muy delicada de pastel. Todo aparece como detenido, posado, suspendido, y unas líneas apenas perceptibles que descienden, muy tenues, evocando la lluvia. Sensación líquida, de aire frío, gélido, muy frágil y silencioso. Recogimiento y contemplación.

El Foro con lluvia. Pastel y acuarela. 1956.

El velo gris del pastel ha apagado la posibilidad de luz, y hace a la acuarela sombría y brumosa, esa es la intención. Sobre este fondo tan frío, sólo destacan los toques de gouache en los puntos de luz, todo lo demás permanece  en una penumbra de medias tintas. Se percibe como un desorden ordenado de ruinas y naturaleza, muy acertadamente dispuesto cada tono si se aprecia con los ojos entornados. Dentro de esta luz tan baja que hace recogido e íntimo el ambiente, se revela el aire más antiguo de Roma, vivo y palpitante en la acuarela de Gaya.

 El Coliseo. Gouache. 1956. 

Una aguada limpia, rosada, como de atardecer lento. Roma etérea, transparente y diáfana, atravesada por la luz, esta vez muy liviana; Roma hecha con muy pocos trazos, muy intuitivamente, sin pensarlos apenas, Roma tan sólo recordada. Una impresión muy rápida de jardines y ruinas clásicas, pero todo a medio decir, sin detenerse demasiado, porque antes ya se ha mirado en profundidad, y lo que ahora se pinta se conoce bien y se estima. 
Apenas hace falta mucho más. 

Atardecer romano. Gouache. 1956.

La mirada se posa en un momento de la tarde hecho a partir de manchas ligeras y vaporosas, manchas móviles, de formas abiertas, y lejanías naranjas y sombras violetas, cada trazo con una pulsión distinta, con su propia naturaleza. Todo se muestra muy frágil, como desecho, muy intimista, y muy delicado el pincel que recoge un instante de luz irrepetible, con armonías de grises y ocres confundidos entre sí. Pintamos lo que estimamos, y aquí hay afecto verdadero y deleite en el pintar. Detenerse, mirar, pintar, volver a mirar y volver a pintar.

Il Palatino. Gouache. 1958.

Una vista desde otro monte, la arquitectura romana pierde peso y se hace aérea, casi líquida, muy borrosa aún en primer plano. Gana altura y relevancia el monte ajardinado que se asoma, con breves manchas vibrantes y acuareladas, vislumbrado en la distancia, con una acertada disposición de los oscuros. Un fragmento de Roma bien visto y hecho pintura a partir de muy poco y a la luz de poniente, perdiendo contornos y borrando, seleccionando, quitando, siempre quitando, escogiendo en lugar de acumular lo que es innecessario.

 Ponte Vecchio. Gouache. 1962. 

De nuevo la arquitectura pierde consistencia y parece que se deshace, se vuelve de la naturaleza del agua, pues el medio líquido, la acuarela, favorece que la visión sea tan ligera, como temblorosa, que aparezca todo desdibujado y como lejano, creado y visto a través de la sustancia misma de la pintura. Hay hondura en esos oscuros, en la aguada difusa, en las manchas confundidas que vibran unas junto a otras; pincel seco, pincel húmedo, ahora define más, ahora diluye en agua y borra lo pintado. Tanteos acertados, siempre tantear, siempre ir probando, quitar, poner... Mirar Florencia con ojos de pintor. 

 Los baños del Tevere. Gouache. 1971. 


Castel Sant’Angelo diluido en el fondo del agua, sobre el papel, invertida su silueta siempre reconocible. Qué difícil construir este reflejo sin que resulte demasiado consistente, evidenciando otros elementos, el embarcadero, la luz en la fachada, los contornos de la realidad. Qué difícil pintar una imagen vista sobre el agua como en un sueño, hecha con agua también, sintetizando, sacrificando el detalle, dejando únicamente lo esencial. Vibración de pinceladas apenas densas, juegos y alternancias, lo visto y lo intuido. Definir, apenas. Quitar y omitir, siempre. 

El Tevere. Gouache. 1971.

Toda la vida y la pulsión de la acuarela viene concentrada en la franja superior, la mitad inferior se muestra más serena. Arriba, las arboledas muy sintetizadas, destaca el naranja vibrante del sol de la tarde, una intuitiva construcción de manchas vibrantes que son jardines y palacios, pero que en realidad son sólo trozos de pintura que está viva. Abajo, el silencio del muro y del agua como muerta son casi abstractos, pincel plano y mancha amplia, una capa, otra capa, el color muy atenuado y muy limpio, resultan suficientes para decir que el Tevere es un lugar tranquilo y en silencio.

Venecia. (San Giorgio desde la ventana). Gouache. 1978.


Todo es bruma azul en el papel, bruma ultramar y brillo de agua, y siempre quitar y poner sólo lo esencial. Venecia son toques de gouache blanco muy diluido sobre un fondo apenas perceptible al que se le ha despojado de casi todo. Venecia es un contorno muy breve en la distancia, un punto de vista elevado y un primer plano aún más leve. Delicado conjunto, tan sutilmente desdibujado, tan finamente tocado con el pincel más fino. Aire y agua con algo de oriental. Siempre ir quitando, siempre quedarse con lo mínimo.

Venecia. El atardecer reflejado en el cristal de mi ventana. Óleo. 1981.

El óleo como una delicada acuarela. Un reflejo de algo, de un momento de la vida. Despojar a la pintura de pintura, pintar con muy poco y llegar a decirlo todo con la máxima brevedad, con lo justo. La tela del pintor se ha quedado vacía de lo circunstancial, y únicamente recoge lo que la mirada ha seleccionado como más verdadero e íntimo, lo que merece hacerse perdurable en el cuadro. Y en el reflejo, justamente está lo más efímero, el breve cielo, el oleaje de la laguna, y la rosa también en el agua. Fragmentos de la vida vista y levemente tocada con sencillos trazos de pincel.

La Pietà. Venecia. Gouache. 1981.

La mirada del pintor detenida, atenta, comprende primero, aprehende, estima la vida que se agita alrededor. Luego pone todo esto en el papel, casi sin mirar la naturaleza que tiene delante, porque ya no le hace falta. Ahora importa dejar esa huella, esa impronta, unas cuantas manchas serán la memoria de lo que antes ha mirado. Las cúpulas, las aguas quietas, los palacios, una luz naciente, todo como flotando en el gouache, muy acuarelado, el agua teñida con muy poco color. Apenas unos cuantos acentos naranjas, unos toques aquí y allí, un paisaje de agua pintado con el agua misma, sin líneas, sin que nada esté sujeto a nada, todo se revela suelto, libre, fluido, todo fluye a partir de una intuición.

El pintor Ramón Gaya contemplando Venecia en 1988.

Notas

*Palabras de Ramón Gaya en “Ramón Gaya: la pintura como destino”. De “Imprescindibles”. La Dos. RTVE. Programa emitido el 15 de Octubre de 2015.



Los comentarios a cada obra están basados en la observación directa de la obra de Ramón Gaya  por parte de la autora.
 
Lola Soto Vicario es artista y Doctora en Bellas Artes por la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de Valencia (Universidad Politécnica de Valencia). 

 

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Lola Soto Vicario